martes, 25 de julio de 2006

La Influencia Francesa

Francia: herida abierta en la historia del mundo. Herida que abrieron los hombres de Lascaux en las cavernas, herida por donde entraron los primeros rayos del fuego de Prometeo. Herida por donde entraron el odio y el amor, los dióses y las ménades, la vida y la muerte. Yo, por supuesto, no puedo ser ajeno a semejante belleza. A mí toda la cultura y belleza de Francia me llegó a través de un French Poodle: Bruno. (Sin demeritar, desde luego, a Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Benjamin Diamond, Benjamin Biolay, Rinôçérôse y demás franchutes que han contribuido a mi elevación espiritual.)

Bruno llegó un buen día de Agosto y se fue para siempre, curiosamente, otro buen día de Agosto. Era un perro vanidoso -la vanité: peché mortel de la France- mimado, y por qué no, carismático. Era feliz al aire libre y sufria mortalmente cuando era encerrado. Su alma de torero -otra belleza francesa- lo enfrentó muchas veces con perros del triple de su tamaño saliendo ileso en muchas ocasiones. Y si el gran Manolete murió de una cornada, Bruno no iba a salir excento: una tarde aciaga luchó a muerte con una bestia indomable y, para ganar, puso las pelotas como todo un varón. Y las puso de una manera tan literal, que al final de la tarde perdió un testículo. Nunca volvió a ser el mismo. Aunque quiso regresar al ruedo no pudo tomar el capote para revivir esas tardes gloriosas en las que salía en hombros y por la puerta grande.

Puedo decir con sinceridad que entre Bruno y yo se tendió una gran amistad. Era una relación, me atrevo a decir, de padre e hijo (yo el padre). Me despertaba para darle el desayuno y luego dormíamos juntos un rato. Después me acompañaba a desayunar y más tarde veíamos The Nanny o Seinfeld. Creo que inclusive se reía. Y aunque no hablaba -el error fue tal vez hablarle en Español; aquí jamás tuvimos en cuenta su lengua materna- llegamos a desarrollar un metalenguaje que nos hizo cómplices y hermanos. Pero Bruno quería otras cosas, su espíritu rebelde le impedía quedarse sentado viendo la tele. La última vez que lo vi fue para despedirme de él pues yo salía de viaje. Mas o menos a los dos días recibí la fatídica llamada:

- ¿Alo?
- Hola mijo, ¿cómo estás?

Noté un dejo raro en la voz de mi madre. Sin embargo, le contesté:

- Bien ma, ¿vos qué más?
- Triste mijo...

Su voz parecía quebrarse. Presentí algo muy grave.

- ¿Cómo así?
- Se perdió el Bruno.

Y se perdió para siempre. Adiós a sus ladridos, adiós a sus miradas, adiós a ese french touch que tanto nos fascinó. Merci France, mais oui, je comprends: c'est la vie...

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